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Mauri Beltrán

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17 – Hacer un vuelo transoceánico

febrero 19, 2025 por Mauri Beltrán Leave a Comment

¿Cuál es el desafío?

Coger un avión desde Madrid, España hasta Vancouver, en Canadá, en un viaje de 24 horas y no cagarme patas abajo.

¿De qué tienes miedo y por qué?

Miedo irracional a volar, a que haya un problema en el avión y nos estrellemos. Miedo a caer en mitad del océano, a sufrir turbulencias intensas, miedo a que me de un ataque de angustia y liarla en el avión.

El único vídeo que grabé en el avión, llegando a Vancouver en el vuelo de ida. Después me metí un buen desayuno típico norteamericano que ansiaba por comer; pancakes con jarabe de arce, revuelto de tortillas, salchichas y poutine.

¿Qué tal ha ido la experiencia?

Si hay un miedo que verdaderamente me paraliza, sea como sea y que se apodera de mí, te diría que sin lugar a dudas es el miedo a volar.

Odio volar. Así de simple, aunque no siempre ha sido así.

Cuando era más pequeño no tenía ningún problema a la hora de coger un avión, me parecía hasta divertido. Pero a medida que iba haciéndome más adulto, más pavor fui desarrollando.

Recuerdo que siendo adolescente hacía bastantes viajes desde Barcelona a Sevilla para poder ver a mi familia. Cogía siempre la aerolínea «Spanair» y normalmente volaba con ellos para ir a Sevilla. Un día en la cocina de casa de mi padre, viendo la tele, en todos los canales informaron acerca del terrible y trágico accidente que hubo de Spanair. Fue a partir de ahí cuando comencé a desarrollar el miedo a volar.

Siempre trato de evitar a toda costa un avión, aunque esto es algo irónico, pues siempre quise convertirme en un «aventurero» y ello conlleva inevitablemente a viajar en avión para descubrir nuevos lugares. Sin embargo, trato de coger la opción que más cercana a tierra esté.

Lo cierto es que he rechazado viajes con tal de no coger un avión, varias veces. Y es que, nada más sentarme a un avión me pongo muy nervioso por dentro y a mi mente solo llegan terribles ideas de cómo el vuelo no va a ir bien.

Me he informado mucho al respecto y he aprendido cosas básicas acerca de cómo funcionan los aviones.

A fin de cuentas, son probablemente el medio más seguro que existe y que las turbulencias son simplemente cómo «baches», pues el aire es un fluido, y como fluido que es, el avión debe adaptarse. También sé que es prácticamente imposible tirar un avión con las turbulencias, pero esto es algo que es completamente irracional por mi parte, pues aunque la teoría me la conozca bastante bien, siempre trato de darle la vuelta a las cosas y pienso que yo voy a estar en ese 0,00001% de vuelos fallidos.

Es verdaderamente estresante para mí coger un avión. Y aunque no me verás gritando o armando un escándalo, lo cierto es que desde dentro estoy sintiendo una verdadera y aberrante angustia.

Por ello priorizo otros medios como aurtbuses, trenes o directamente el coche o la moto.

Pero claro, para esta historia, la cosa es diferente, pues hay que atravesar un océano.

El vuelo a Canadá…

Esta historia nos sitúa en enero de 2023 cuando me encuentro inmerso en una historia de amor a distancia.

En mi trabajo me dieron una semana de vacaciones y no había más oportunidades de poder vernos, pues ya nos habíamos visto previamente en España y no volveríamos a tener vacaciones hasta pasados varios meses o incluso un año.

Impulsivamente compré el billete dirección Sevilla a Vancouver, Canadá. Nunca antes había cogido por mi mismo un vuelo tan largo y con tantas escalas, era todo nuevo.

Si bien de pequeño viajé a Colombia y Costa Rica, aún era lo suficientemente pequeño como para estar jugando a la Game Boy y no andar preocupado en que algo malo me va a suceder dentro de un vuelo.

Pero esta vez era diferente. Odiaba con toda mi alma volar y ahora debía hacer un trayecto que duraría 24 horas, con 2 escalas, una en Madrid y otra en Dallas, Texas para finalmente llegar a Vancouver. Una verdadera pesadilla para mí.

Ojalá pudiera sentirme ilusionado de coger un vuelo, de disfrutar del trayecto, de estar tranquilo, viendo una película, de comer a gusto, de poder jugar con el móvil o disfrutar de un libro. Sin embargo, todo esto es imposible para mí en un avión. Sencillamente lo que hago es estar constantemente controlando el entorno, los sonidos, las turbulencias, el testigo del cinturón, todo, incluso poniendo mi atención a la reacción de los azafatos y azafatas de vuelos, a ver si están nerviosos o no y en función de ello yo sentirme más o menos tranquilo.

Además, ahora que desbloqueaba un océano viajando, aún más pendiente estaba del vuelo, pues yo cómo si de un controlador aéreo se tratase, me la pasaba viendo la pantalla, controlando la altitud, el viento y el lugar por donde estábamos.

Analizaba en qué punto exacto del océano se encontraba el avión para comprobar que aeropuertos teníamos cerca por si hubiera un problema. Porque también, si no recuerdo mal, creo que durante el trayecto los pilotos deben tener una ruta alternativa de un máximo de dos horas con otro aeropuerto en caso de emergencia. Quizá esté imaginando esto último, pero desde luego en aquél momento estaba en mi cabeza. Así que yo estaba todas las horas monitoreando que aeropuerto estaba más cercano.

Después de llevar unas horas en ruta, se acercaba la peor hora, pues el sol se había ido y ahora nos acercábamos al punto medio del océano y en plena noche. En mi cabeza era completamente aterrador, pues si ahora había un problema, estábamos en el medio del océano y de noche, sin perspectivas de que apareciera el sol, dificultando así cualquier labor de…¿rescate? La gente estaba viendo una película o durmiendo, yo en todo momento concentrado de que no hubiera un ruido extraño, una sacudida del avión, una bajada en picado o sencillamente ver el rostro de una azafata de vuelo preocupada.

Probablemente estés pensando que estoy loco o que soy un gilipollas, y no te voy a quitar la razón, soy gilipollas. No debería de estar pensando así, pero lo hago. Es algo que deseo cambiar con todas las de la ley. En ello estamos.

Luego también las benditas turbulencias, porque cada hora el testigo de «ponerte el cinturón» se encendía nuevamente y eso hacía disparar todas mis alarmas internas. Desde fuera solo se veía a un chico con el semblante serio, tranquilo pero mirando a todos los lados del avión y la pantalla, pero desde dentro de mí era todo pensamientos catastróficos. Si en algún momento lograba relajarme ligeramente, en cuanto el avión se zarandeaba nuevamente yo volvía a ponerme rígido como una barra de hierro, mis manos agarraban el reposabrazos como si mi vida dependiera de ello y trataba de respirar lo más pausadamente posible.

En definitiva, una verdadera mierda.

Ya cuando nos acercábamos a territorio norteamericano mi mente me decía que si hubiera un problema, estábamos cerca de tierra y eso me hacía estar más tranquilo.

Habíamos superado la inmensidad de aquel océano en mitad de la noche. Y a poco quedaban pocas horas para aterrizar en Dallas, Forthworth. Para los pilotos era un vuelo rutinario normal, para mi era una verdadera tortura.

Cerca de Dallas nos comimos unas cuantas turbulencias y mis niveles de ansiedad se dispararon nuevamente, pero ya no era nada sorprendente, llevaba más de doce horas así.

Hice el transbordo y pise suelo norteamericano por primera vez en mi vida, en un aeropuerto inmenso. Logre llegar con muy poco tiempo de antelación al siguiente vuelo, pues la escala era verdaderamente corta y finalmente logré llegar al avión de «American Airlines», con dirección Vancouver.

Lo que tenía que hacer por amor… Aunque Canadá siempre ha sido uno de mis destinos favoritos y era un sueño hecho realidad poder ir allá, sabía que apenas disfrutaría del país porque iba para 7 días y 2 de ellos los iba a perder en vuelos. Más aún cuando, en realidad, iba a un pueblo y no había intención de salir de allí. El pueblo se llama Whistler, un lugar muy conocido para los amantes de la montaña y el esquí.

Una vez salimos de Dallas el vuelo duró unas 4-5 horas y nuevamente tuve que aguantar las turbulencias, pero para mi sorpresa, llegué a Vancouver. Qué alivio, solo de escribir esto puedo sentir ese alivio de aquél mismo momento. Pensar en volar dispara mis pulsaciones y mis respiración se torna arrítmica.

Pasados los 5 días en Canadá, debía regresar a España. En ese momento me di cuenta de que era una soberana mala idea viajar tan lejos para estar tan pocos días, sin embargo, no podía alargar mi estancia.

Y, si bien el vuelo de ida fue una odisea para mí, el vuelo de vuelta fue aún «más divertido».

Se acercaba el día de regreso y en mi correo electrónico cuento con un mensaje de American Airlines en el que me avisan de que es muy probable que haya muy mal tiempo en Dallas (debía volver al mismo aeropuerto por el que vine para coger rumbo a Madrid) y que me daban la opción totalmente gratuita de poder cambiar, si quería, el día de mi regreso.

En mi trabajo no me dejaron ampliar mis días de vacaciones por lo que no tenía otra alternativa más que volar de regreso el día que estaba previsto. No sin antes estar muy nervioso el día antes del vuelo, y es que me encontraba monitoreando el tiempo en el aeropuerto de Dallas Fortworth y efectivamente hacía un tiempo horrible con granizadas muy fuertes. Qué barbaridad. Yo sencillamente no podía creerlo, si el viaje de ida fue verdaderamente difícil, no quería imaginar la vuelta.

La misma mañana para coger el vuelo nos despertamos temprano para ir de regreso al aeropuerto de Vancouver y coger el vuelo en dirección a Dallas, Texas. Comprobé que había salido un avión a primera hora de la mañana que cubría la misma ruta que yo iba a realizar. Mi vuelo era el siguiente. Y yo estaba completamente cagado por dentro, pero mantenía las formas.

Una vez me despedí de la chica con la que mantenía una relación, entré en el aeropuerto y en el mostrador de American me comentanron que mi vuelo se había cancelado, bueno, mi vuelo y el de todos los vuelos que iban a Dallas. Ese día se cancelaron todos los vuelos de dicho aeropuerto porel temporal tan y tan malo que estaba haciendo.

Me dieron una ruta alternativa el mismo día pero esta vez hacia escala en Toronto y Lisboa.

Menos mal, no iba a pasar por aquél temporal…

Ya de regreso el vuelo fue parecido al de ida, todo a oscuras y cruzando el océano, no sin antes vivir una situación en la que una persona se desmayó. Parecía enferma, y pidieron un médico a bordo para atenderla.

Hubieron unos instantes en los que parecía íbamos a aterrizar de emergencia en un aeropuerto intermedio, sin embargo, al final todo acabó bien gracias a Dios y llegamos a Lisboa.

Viajar en avión siempre representa un reto enorme para mí, pues aún no logro «disfrutar de un vuelo». No me canso de intentarlo, de trabajar en mi mismo y sencillamente aceptar que todo va a ir bien y que por probabilidad, tengo más probabilidades de resbalar y desnucarme en la calle que de estrellarme en un avión. Pero así funcionan los miedos irracionales, pues por precisamente son «irracionales».

Aún así, desbloqueé un nuevo límite, ya que he logrado hacer dos vuelos relativamente largos en menos de una semana, haciendo varias escalas y ello me ha dado mucha más valentía por si tengo que coger nuevamente un vuelo lejano, que ojalá, sea así. Aún conservo el sueño de poder explorar nuevas zonas del mundo, vivir aventuras y compartirlas por aquí. No me queda otra que coger un avión de vez en cuando hehe.

De igual modo, me alegro de haber podido tomar el vuelo, pues a fin de cuentas era para poder reencontrarme con quien en su momento era mi pareja, y doy gracias a ello y a Dios por haberme permitido haber vivido toda la experiencia, honestamente hizo de mí una persona mejor.

De nuevo, creo firmemente que detrás de los miedos es donde se esconde las maravillas que nos da la vida y el aprendizaje que nos aporta madurez y sentirnos desarrollados cómo seres humanos.

Si a ti te aterra volar (y créeme que me aterra, imagíname por 20 horas de vuelo sin ver una sola película, solo controlando que todo vaya «okey» en el avión) cómo a mí, haz todo lo posible por coger ese avión, pues te esperan aventuras para ti y tu alma que te harán transformarte para bien y nutrir tu corazón.

Sin ir más lejos, algo que siempre he deseado es poder conocer la tierra de Canadá, desde Terranova hasta tocar Alaska. Quizá si no hubiera cogido ese avión en 2023 no me hubiera atrevido nunca a hacerlo, y nunca hubiera visto tan asombrosa tierra. Sin embargo, después de hacerlo, pese a solo de imaginarlo ya se me acelera el corazón, lo cierto es que gracias a ese primer vuelo, cuento ahora con el coraje de volver a hacerlo.

Probablemente antes de mi primer viaje no lo hubiera hecho, ahora sí.





Filed Under: #50PrimerosMiedos

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